Las emociones, nuestra asignatura pendiente.

IMG-20170409-WA0017 - copiaEn la infancia se genera la base de nuestra predisposición futura para muchos aspectos de la vida. En ella aprendemos sobre nosotros por lo que dicen quienes nos rodean pero, ¿están preparadas estas personas para mostrarnos lo mejor de nosotros mismos?, ¿o tal vez reflejan en nuestra inocencia sus creencias, miedos y frustraciones?

También en la infancia aprendemos las normas de la sociedad, por medio de las experiencias que vivimos, principalmente en los colegios, ya que son la sede de nuestras primeras incursiones sociales, sin la acostumbrada protección de los padres; sin embargo, ¿las vivimos con la seguridad adecuada a nuestra edad o capacidad, a nuestra sensibilidad, a nuestros miedos o personalidad?, ¿o la rigidez del sistema educativo nos empuja, con la mejor de las intenciones, a experiencias sin control, donde muchas de las tentativas se convertirán en traumas que llevaremos de la mano durante años o como lastres de por vida?

Creo que es vital para nuestra salud emocional, mental y física, aprender de una manera positiva y respetuosa desde la más tierna infancia. Sin embargo, para que esto sea posible, es imprescindible ser guiados por padres y profesionales sensibles e integradores que sepan manejar sus propias emociones, y enseñen a sus hijos o alumnos a reconocerlas y aceptarlas en sí mismos; transmutándolas a positivo si es necesario; ya que son estas las promotoras de las actitudes de cualquier persona.

Desgraciadamente no siempre es así. O mejor dicho, casi nunca lo es, pues no todos los adultos saben reconocer sus emociones, especialmente cuando estas son negativas, ya que el aprendizaje emocional no ha formado parte de nuestras enseñanzas hasta ahora.

Los rígidos patrones educativos que heredamos de nuestros antecesores, a quienes les fueron trasmitidos con mucho más rigor, han logrado que las nuevas generaciones seamos demasiado permisivas a la hora de educar, por evitar aquel autoritarismo que sufrimos y que no nos convenció. Sin embargo, solo hemos puesto un parche a la educación de antaño, sin modificar ni profundizar en lo que ésta necesita para readaptarla a las nuevas generaciones, que nada tienen que ver con la nuestra, más sumisa e ignorante en muchos aspectos.

“Es imprescindible ser guiados por padres y profesionales sensibles e integradores que sepan manejar sus propias emociones”.

Cada día y con más frecuencia, hay denuncias de padres o profesores a quienes maltratan sus propios alumnos o hijos que, sometidos al antiguo autoritarismo, encuentran el peor camino a su desahogo maltratando al prójimo, o, consentidos en exceso, actúan como auténticos tiranos. 

Creo que nuestro sistema educativo necesita una profunda y urgente revisión y reorganización de valores, pues parece hacer aguas por demasiados sitios. No solo por la agresividad que hay en algunos hogares, o la que se genera en los colegios, llevando a algunos alumnos a encontrar, en el suicidio, la única salida a la presión o acoso de otros compañeros, como hemos escuchado en algunas trágicas noticias. O donde, cuchillo en mano, algún chico ha tratado de agredir a sus iguales o profesores.

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¿Qué estamos haciendo mal?

Hemos diluido tanto el autoritarismo que ni siquiera nos queda autoridad para educar. Nos resistimos a ella porque pensamos que es tan negativa como lo fue el autoritarismo, —o sigue siendo en algunas personas o lugares,— sin embargo poner límites a nuestros hijos o alumnos, tengan o no TEA, no es negativo sino necesario y sano para su equilibrio mental, emocional y psicológico. Algo que nunca conseguirá el autoritarismo, pues este es rígido, humilla y genera problemas de todo tipo, especialmente emocionales, en la persona que lo sufre. La autoridad que necesitan las nuevas generaciones, tengan o no TEA, es otra cosa. Es adaptable pero firme. Va acompañada de la calma y el respeto a las emociones a quien va dirigida, mientras mantiene su facultad. Una actitud que tal vez precise formación por nuestra parte.

Las personas o niños con Asperger o TEA suelen ser un blanco demasiado fácil ante esta perspectiva, sufriendo, muchas veces en silencio, todo tipo de vejaciones o soportando la mala praxis que reciben, —bien desde el hogar, con padres que no comprenden sus características, desde los colegios, con profesores que también ignoran cómo ayudarles, o lo que es peor, soportando las agresiones de compañeros descomedidos que buscan divertirse a costa del más débil—lo que produce en los chicos con TEA una serie de reacciones sociales que vemos como extrañas o inadecuadas muchas veces, por la dificultad que tienen para dosificar y expresar sus emociones; cuyo motivo no alcanzamos a descubrir, ya que solo nos centramos en la situación externa y no en lo que la provoca.

“Hemos diluido tanto el autoritarismo que ni siquiera nos queda autoridad para educar”.

Ir probando fórmulas neurotípicas con nuestros niños con TEA, suele complicar las cosas. Desafortunadamente lo experimenté durante años. Ni todo mi amor de madre, sin los conocimientos y comprensión hacia las características y la metodología que precisaba mi hijo, fue suficiente para ayudarle.

Por la complejidad que encierra la interacción entre nuestras distintas características y por la rigidez mental que caracteriza a las personas con TEA, es preciso aprender todo cuanto este trastorno necesite y observar qué incomprensión o emoción puede estar motivando la actitud del niño/a o chico/a que tengamos a  nuestro cargo, incluso antes de tratar de corregirla; o de lo contrario, volverá a surgir de manera distinta o en contextos diferentes, dificultándonos su solución.

Aprender a comunicarnos con ellos de forma apropiada es urgente, pues los problemas crecen junto con el temperamento de los chicos/as complicando la convivencia, especialmente en el hogar, por lo que requieren no solo de la metodología adecuada, también del conocimiento de su personalidad, que será diferente en cada niño, y de que aprendamos a utilizar esa nueva autoridad tan necesaria, con un importante extra de paciencia.

Estoy convencida de que, para equilibrar todos estos puntos, es ineludible desarrollar una asignatura que tiene pendiente la sociedad, y cuyo contenido son las emociones y lo que estas provocan en nuestra vida y entorno para que, a partir de descubrirlas y aceptarlas, aprendamos a canalizar toda su energía de manera constructiva.

Lejos de pensar en esto, parecemos empecinados en que los niños no solo adquieran los conocimientos académicos básicos y adecuados a sus crecientes necesidades, sino otros más complicados que es posible que no requieran nunca.

A mis cincuenta y tres años jamás he necesitado hacer una raíz cuadrada, y dudo que lo precise algún día. Ni yo, ni la mayor parte de personas que conozco, pero es que aunque me urgiera hacerla ¡no recordaría la forma de conseguirlo! Teniendo que recurrir a la tecnología. Lo que ocurre con más de una de aquellas enseñanzas que debíamos asimilar y que en estos tiempos también han de aprender las nuevas generaciones.

Lo que sí recuerdo, y con un entrañable cariño, fueron unos cursillos de convivencia que realicé cuando tenía trece años y que, a pesar de la complicada edad en la que me encontraba, y del poco tiempo que duraron, lograron dejar una importante huella en mi interior. En ellos nos enseñaban a convivir con los compañeros, a escuchar, a perdonar, a compartir, a colaborar, a disfrutar de nuestra propia compañía y la de los demás etc. Enseñanzas que iban directas a nuestro sentir más elevado y que son tan útiles que nunca quedarán obsoletas u olvidadas, porque entran directamente en el corazón, enriqueciendo nuestros días, dando valor y calidad a nuestras vidas y extendiéndose a las personas que nos rodean. Si el colegio fuese como aquella experiencia, no me cabe duda de que nuestros hijos y alumnos, aprenderían una maravillosa asignatura, que lograría cambiar muchas cosas en la sociedad.

Aurora Garrigós

En definitiva, damos mucha importancia a un contenido intelectual que pocos años después, casi habremos olvidado, quedándonos solo con lo básico, práctico y necesario, mientras hacemos caso omiso a lo que provoca las vicisitudes de esta loca sociedad y que no son otra cosa que nuestros desconocidos e internos conflictos emocionales.

Para que la vida fluya con armonía, es necesario humanizar las enseñanzas y buscar como objetivo que cada niño conozca sus emociones y aprenda a canalizarlas de la mejor de las maneras. Que disfrute de lo que hace y  lo comparta para seguir creciendo.

En el caso de los niños y, por supuesto, cuando hablo de niños o chicos siempre incluyo a los que tienen TEA, sería maravilloso que pudieran aprender jugando y en un ambiente mucho más distendido y personalizado, respetando al prójimo y a sí mismos. De esto dependerá la felicidad de su futuro, que se extenderá a su entorno de igual manera que lo hace su desventura.

¿Queremos una generación de niños felices o una generación de niños llenos de una información que la mayoría nunca utilizará?

Todos sabemos que las adversidades son grandes maestras en nuestras vidas, aunque esos aprendizajes, muchas veces, vayan acompañados del dolor, rabia  o rencor, que sin duda terminarán por modificar nuestro natural comportamiento.

¿De verdad es necesario que los niños aprendan a base de pasarlo mal, mientras hacemos caso omiso a sus sentimientos y verdaderas necesidades?

Las relaciones nos nutren, la práctica en los juegos colectivos, supervisados por adultos competentes en los colegios, se convierten en verdaderas materias sociales con las que trabajar. A través de los juegos se aprenden ¡tantas cosas! Entonces, ¿por qué no pasar directamente a la acción y empezar a aprender jugando?, aunque eso conlleve readaptar el sistema a las inagotables ganas de vivir y disfrutar innatas en cualquier infancia. Una necesidad que desgraciadamente hemos olvidado los adultos y de la que tanto podemos volver a aprender.

En el año 2015 tuve la oportunidad de aprender jugando. Por primera vez, y gracias a mi vinculación con el teatro, fui profesora de esta disciplina artística e integradora en un colegio de primaria, con niños de ocho a once años, uno de ellos con rasgos leves de Asperger y otra de las niñas con muestras de hiperactividad. Fue complicado al principio acoplar todas aquellas circunstancias y unificarlas de manera armoniosa, pues tendían a generar conflictos con el resto de compañeros. La complicación se acrecentó  en las primeras clases en las que yo solo era una persona adulta dando una serie de pautas a unos niños.

En aquel taller, pude experimentar algunas de las dificultades con las que tropiezan los profesores en su quehacer diario con los niños. Lo que aumentó, más si cabe, mi respeto y admiración hacia su profesión; pues no hay nada como ponerse en la piel de una persona, para empatizar realmente con ella.

Algunas semanas después, advertí que los niños no eran los únicos que aprendían en aquel curso, ¡yo también! La inocencia y energía arrolladora que desprende la infancia, logró zarandear con fuerza a mi niña interior hasta despertarla. A partir de aquel momento, me divertí como hacía décadas que no lo hacía y todo comenzó a fluir. Fue una experiencia tremendamente grata y revitalizadora por la que siempre estaré agradecida. Mis queridos niños de teatro me reconectaron de nuevo con aquella esencia perdida. Esa chispa que tiende a apagarse en nuestro interior cuando crecemos, y que no es otra que el entusiasmo de vivir, de hacer las cosas por el puro placer de hacerlas y de divertirse como máxima prioridad. En aquellas lecciones me olvidaba de las responsabilidades, de las preocupaciones y, asombrosamente, ¡jugaba como una niña de ocho años! Aprendimos muchas cosas, todos, principalmente a convivir, a respetar nuestras diferencias, a valorarlas y a lograr crear un grupo unido, ¡y lo aprendimos jugando!, lo pasamos genial. Fue realmente emocionante volver a conectar con todo eso.

Fue en aquel taller de teatro, donde descubrí de que los niños tienen el don de reconectarnos con nuestra esencia, si nos abrimos a esa posibilidad.

Las personas que trabajan con niños y creen que son ellos los únicos maestros, mantienen su esencia dormida y ni siquiera se dan cuenta. Cualquier interacción siempre nutre en ambos sentidos. Si no es así, habría que hacérselo mirar. ..

Mi hijo ha sido y es mi gran maestro, la persona que más me ha enseñado en esta vida. Tiene una enorme capacidad para empujarme al abismo de mis emociones más oscuras, donde no me queda otra que reconocerlas y aceptarlas, si quiero salir de ellas. Con ello ha logrado que cada día sea más coherente con mis sentimientos, mientras sigo aprendiendo a tomarme las adversidades de una manera más relajada.

No es fácil, nunca lo fue, especialmente por la gran resistencia que inconscientemente ejercía ante aquellas enseñanzas. Pues se suponía que, por ser madre, era yo quien debía enseñarle a él. Sin embargo, su actitud me encaminaba hacia dos únicas direcciones, hacia arriba o hacia abajo, y aunque subir requiere más esfuerzo que bajar, significaba ascender hacia la pequeña luz que parecía adivinarse al final del oscuro túnel por el que transitaba nuestra vida. A día de hoy, estoy segura de haber aprendido mucho más de mi hijo, de lo que él aprenderá de mí jamás.

Nuestros niños con TEA, por sus circunstancias, son grandes expertos en capacitarnos para una vida más humana, donde las emociones juegan un importante papel,  prestémonos a aprender de ellos y entendamos, de una vez y para siempre, que su sistema emocional es exactamente igual al nuestro. Y, ante todo, nunca olvidemos ¡que son niños!

En los cursos online personalizados de historias sociales, que llevo realizando desde hace casi tres años en la plataforma online, www.infosal.es, u otros a nivel presencial, observo que tendemos a olvidarlo; centrándonos, en una intervención más autoritaria, que trata de guiarles no solo hacia lo que han de hacer, sino también hacia lo que han de sentir en determinadas situaciones, pasando por encima de sus propias emociones. Esto es un error que yo misma cometí durante años, y en los inicios en los que empecé a trabajar con mi hijo Ian, a través de los guiones sociales que descubrió Carol Gray en 1991.

Ahora, años después de empezar nuestro camino por la senda del síndrome de Asperger, he aprendido que es vital reparar primero en el niño que es, en sus necesidades emocionales,— aunque no se hagan visibles a nuestros ojos, por no observarlas en sus gestos de la misma manera que las veríamos en cualquier otro niño— abriéndonos a esa posibilidad, para descubrir todo un mundo emocional en ebullición que requiere con urgencia encontrar una vía de expresión más afín y adecuada a la sociedad. Sus actos, al igual que los nuestros, están movidos por la incomprensión y las emociones. Y la infancia también provee a los niños con TEA de las mismas ganas de jugar que al resto.

“Seamos valientes, rompamos moldes y hagamos algo nuevo y diferente que les ayude a vivir con alegría”.

No poder acceder a ese lenguaje universal que es el corporal, consigue confundirnos y nos impide ver con facilidad qué hay tras las conductas inadecuadas que nos muestran. Posiblemente, sea esta la causa de que durante años se pensara que las personas con TEA  no tenían capacidad de sentir. Pero nada más lejos de la realidad.

Jugar es algo fácil. Mientras jugamos surgen emociones positivas y sus contrarias con las que poder trabajar mientras nos divertimos, restando drama a las situaciones complicadas de la vida. Sin embargo, lejos de desarrollar esto, terminamos olvidando el placer de jugar cuando crecemos. Porque la edad adulta es la de las preocupaciones y responsabilidades agobiantes… y así nos va. No nos damos cuenta de que nos agobiamos y preocupamos justamente porque hemos dejado de jugar.

Jugar nos libera del estrés, jugar nos conecta con la gente, jugar nos provoca alegría, jugar nos hace la vida más fácil, jugar nos vitaliza, jugar…  nos aporta un sinfín de cosas más.

Hagamos ese cambio que requieren las nuevas generaciones, ¡nos lo están pidiendo a gritos! Volvamos a ser niños para poder ver con claridad sus necesidades. Hagamos un hueco en nuestras estresantes agendas para pasar un buen rato con ellos y hacer las cosas por el puro placer de hacerlas. Busquemos asignaturas divertidas y activas en los colegios para infundir valores a los niños. Nunca ha habido tantas posibilidades y facilidades para lograrlo como las que tenemos ahora.

Desarrollemos el juego y esa asignatura pendiente sobre nuestras emociones y lo que éstas son capaces de producir a nuestro alrededor, si no aprendemos a canalizarlas. Hagamos que se conviertan en el pilar de las enseñanzas diarias de los niños, en los colegios y en los hogares. La felicidad de las nuevas generaciones depende de ello. No cerremos los ojos y los oídos al grito de sus necesidades por preservar una tradición. Seamos valientes, rompamos moldes y hagamos algo nuevo y diferente que les ayude a vivir con alegría. Creemos un ambicioso proyecto, positivo y divertido que les ayude a crecer también por dentro. Porque es ahora, cuando estamos decidiendo el futuro y la felicidad de nuestros hijos y alumnos. Depende de lo que nosotros hagamos ahora. ¿Qué hacemos entonces? ¿Subimos, aunque esto requiera un mayor esfuerzo o bajamos, manteniéndonos en esta caótica sociedad? Solo tenemos dos direcciones y está en nuestras manos escoger la mejor.

Aurora Garrigós escribe en ayudandoamihijoacomprenderelmundo.blogspot.com.es

Facebook: @auroragarrigós

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