La buena Educación.

Decía Frank Lloyd Wright que la simplicidad y el reposo son las cualidades que miden el verdadero valor de cualquier obra de arte. De hecho, la capacidad de síntesis es una destreza que la mayoría de las grandes mentes persiguen. Su presencia se manifiesta en todo tipo de dominios con absoluta contundencia; en el arte, la literatura, la poesía, la tecnología, la ciencia, la arquitectura, el diseño, etc.

La simplicidad es elegante. Se condensa en los grandes logros intelectuales de una forma natural, discreta. Emana de la ecuación más conocida de la historia, la de Einstein. De la primera frase de Cien Años de Soledad, o de la extraordinaria belleza de los axiomas que aparecen en los Elementos de Euclides.

Da Vinci decía que la simplicidad es la mayor sofisticación. Walt Whitman, que es la gloria de la expresión y Newton, que es donde siempre se halla la verdad. También Gaudí, Chopin, Gandhi, Lao-Tse, Thomas Jefferson, Coco Chanel, Dumas y otros muchos tenían algo que decir al respecto. Las cuestiones más trascendentales son simples y su naturaleza alberga una gran cantidad de información. Por eso las preguntas más fáciles de formular son las más difíciles de responder. Las más estimulantes.

¿Para qué sirve la Educación? Es una cuestión simple. En realidad hay muchas variantes de respuesta. La oficial es insulsa. Habla sobre el desarrollo integral de los individuos con el objetivo de alcanzar su buen desempeño e integración en el mundo. Incluye abundantes tecnicismos. Algunos se inclinan hacia el aspecto social, otros simplemente lo esquivan en favor de la dimensión individual y los más atrevidos vislumbran los desafíos del futuro. Los malos profesores lo explican así, mediante una definición cualquiera. Vacía, aséptica. Pongamos que están en una facultad de Educación impartiendo una clase y la transmiten. La verbalizan, la ofrecen en fotocopia o la escriben en la pizarra para que el estudiante la anote. Un par de meses después la piden en el examen. El estudiante la vomita en el papel y se le asigna una nota. Así es la mala Educación.

Un buen profesor no entrega el trabajo hecho. No lo comparte en fotocopias, ni en pizarras. El buen profesor invita a pensar, desafía al estudiante, lo cuestiona. ¿Para qué sirve la Educación? ¿para qué estáis aquí? Y se abre el debate.

Entonces el buen estudiante—cualquiera puede serlo— piensa. Comienza a cincelar las ideas con esmero y pasión, con instinto. Descubre el placer de reducir los significados a su mínima expresión. Se siente inteligente, inspirado, productivo. Y en ese proceso refuerza su vocación y revitaliza su compromiso vital. Pura filosofía natural. Y todo en una clase de una hora. Es sólo un ejemplo.

La buena educación inspira. Abre caminos. Es algo que se presupone en el sistema educativo contemporáneo pero que rara vez se cumple. ¿Acaso es tan importante la Educación? Bueno, se intuye que lo es. Pero de nuevo, la clave para saber si es importante o no consiste en responder las preguntas más simples de forma sencilla. Veamos:


El ser humano tiene pocas oportunidades para optimizarse. O al menos, tiene menos de las que nos gustaría. A pesar de los grandes avances biotecnológicos, aún no es posible ampliar la memoria, o la capacidad de procesamiento del cerebro como si fuese un ordenador. Tampoco se puede mejorar la potencia de cálculo de forma categórica y generalizada, para todos. Y no es posible cambiar o mejorar los brazos y piernas con el objetivo de levantar el doble de peso, o de saltar el triple de alto. No somos un coche al que se le puede cambiar el motor para ser más rápido, o las ruedas para avanzar por la arena o por el barro. ¿Cómo se puede optimizar al ser humano de una forma significativa? Si se piensa con detenimiento no hay muchas alternativas, porque en realidad todo el progreso de nuestra especie se juega a una sola carta. La educación. Así es de importante.

Esta es la clase de cuestiones que deberían ocupar el centro debate. Dilucidar qué es lo que importa y hallar una forma convincente de transmitirlo, de experimentarlo. Preocuparse por el hecho de saber si una clase resulta estimulante para alguien de 9 años. Si le resulta inspiradora. 

Decía Newton que la verdad se encuentra en la simplicidad y no en la multiplicación y confusión de las cosas. Quizás lo más simple sea enfocarse en cómo vive una clase un niño de 7 años, una niña de 13. En cómo se sienten. Si disfrutan de la experiencia, o si les parece estimulante. Si sentirán el impulso de ampliar información al llegar a casa.

Hoy en día, cuando se habla sobre renovar la Educación en cualquier colegio, todo el mundo piensa en nuevos recursos. En nuevas apps, en nuevas TICs, en nuevas webs. En nubes y plataformas. En nuevas maneras de reinventar lo superfluo, de generar cambio. Pero cambio de continente, no de contenido. La realidad es que no resulta tan complicado. Basta con proponer un desafío intelectual atractivo, sugerente, filosófico. En repensar la jugada, en sumergirse y hallar la manera de que todos se zambullan en las cuestiones más relevantes. Invitar a la reflexión.

El culto al saber decimonónico y desapasionado debe pasar a mejor vida. Debe ser revisado, por el bien de la cultura del conocimiento. Es un error pensar que un planteamiento menos serio y más informal es por fuerza inexacto. El saber es estimulante, eléctrico y apasionado. También hay otras maneras, especialmente hoy, durante la era en que la escuela compite con los videojuegos y las películas de Marvel. Sería bonito innovar, transferir el conocimiento entre dominios. Aprovechar todos esos principios que ofrecen las muchas ramas del saber, para convertir la experiencia educativa en un evento significativo para los estudiantes. Contar la Segunda Guerra Mundial a través de una lección inolvidable, sublime, emocionante. Aprovechar los recursos del cine, la publicidad, la música, la literatura o el arte para enriquecer y dotar de una nueva dimensión a los viejos contenidos, habitualmente planos y lineales. Esos que han demostrado una eficacia abrumadora para pasar desapercibidos. Los que seguirán siempre del mismo modo, por mucho que se corrijan. Aunque se repitan mil veces, de forma incesante y después se culpabilice al estudiante de la nota. Sinceramente, ¿cuántos adultos estarían deseosos de matricularse en secundaria? No será por temáticas interesantes.

Con estas cuestiones siempre hay discrepancias. Las facultades están llenas de eminencias con hojas de vida extraordinarias. Actividad investigadora sublime, logros académicos incuestionables. Perfil serio y enciclopédico. Pero luego resulta que uno se inscribe en la materia, asiste a una clase y descubre que son especialistas en lo infumable. Catedráticos del aburrimiento, eruditos de la sobrecarga. El tema viene de lejos y así se ha codificado en nuestra cultura. El saber merece tan alto respeto y corrección que debe ser severo, plano, carente de emociones. Adusto, racional hasta lo anodino. Gris, como el plomo. Es “El Error de Descartes”, como el libro de Antonio Damasio, un neurocientífico portugués Premio Príncipe de Asturias a la Investigación Científica y Técnica. Un error que emana de la separación dualista clásica entre emoción y razón. La creencia que afirma que lo racional carece de emoción y lo emocional carece de razón. Así se ha trasmitido a lo largo de los siglos. 

El error de Descartes es el motivo por el cual los personajes arquetípicos de nuestra cultura, los grandes cerebros de la ficción como Data, de Star-Trek, o Sheldon Cooper, de The Big Bang Theory (por poner dos ejemplos conocidos) sean muy inteligentes pero también muy torpes emocionalmente. Extraordinarios en lo racional. Siempre fríos, efectivos y calculadores. Máquinas brillantes, pero por supuesto carentes de emoción, torpes con los sentimientos.

Damasio defiende que lo racional se sustenta en lo emocional y explica cómo la neurociencia lo demuestra. A través del estudio de casos clínicos con lesiones cerebrales que afectan a la capacidad de sentir emociones establece una correlación sólida con las serias dificultades de razonamiento de sus pacientes. La toma de decisiones inherente a nuestro raciocinio se sustenta en el sistema emocional. Y se concluye con que todas las decisiones humanas se basan en emociones.

Platón afirmó hace más de 2.400 años que “todo aprendizaje tiene una base emocional”. Si la Educación pretende adaptarse a los nuevos tiempos y conquistar a las nuevas generaciones se debe cambiar de fórmula. Ya no sirve el modelo del fracaso que se aplica desde hace décadas, sin apenas revisiones más allá de lo superfluo, lo burocrático, lo formal. Tampoco basta con lanzar fuegos de artificio en forma de recurso tecnológico. Es preciso sumergirse de nuevo, casi por primera vez, en la fuente de la sabiduría. Estudiar sus fundamentos hidrológicos, la pasión por conocer y canalizar sus aguas hacia nuevas generaciones de jóvenes hiperestimulados, habitantes de un mundo rápido, hostil y persuasivo, tecnológicamente conformado. Construir acueductos, canales y acequias refrescantes. Una gran red hídrica de aguas caudalosas, capaz de abastecer torrentes de sabiduría tan poderosos que no puedan más que inundar el cerebro adolescente con ideas poderosas, con emoción y al mismo tiempo, capaz de estimular una sed interminable de conocimiento.

Referencias:

Damasio, A. R. Descarte’s Error: Emotion, Reason, and the Human Brain (Putnam, New York, 1994).

Un artículo de:

Martín E.Visconti Ibarra – Director General en Colegio Bilingüe Academia Europea

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